¡QUÉ PARANOIA!

¿Quién no ha usado nunca esta expresión?

Muchas veces la usamos para referirnos a algún pensamiento o idea extraña, ya sea que nos viene a la cabeza o que alguien nos explica.

Por supuesto que cuando usamos coloquialmente este término, muchas veces medio en broma, nos referimos a que algo no encaja con la realidad. Pero, por otro lado, hay personas que sí se toman seriamente alguna de estas ideas extrañas sin darse cuenta que son distorsiones de la realidad. Estas personas, sin sufrir ningún tipo de trastorno, es decir, sin que sean verdaderos paranoicos, tienen alguna tendencia a ver las cosas de una manera poco realista.

Podemos estar haciendo referencia a aquellas personas que sin mostrar evidentes rasgos de paranoia, son personas con las que resulta muy difícil hacer aceptar cualquier sugerencia, que muestran gran dificultad a la autocrítica y que también son muy impermeables a las opiniones de los demás.

A pesar de que estas personas demuestran tener un discurso totalmente lúcido, puede parecer que perciben algunos aspectos de la realidad de forma distorsionada; ya que si observamos con más atención vemos que, aunque sus explicaciones parten de una base real, cuando menos verosímil, las conclusiones a que llegan no parecen coincidir con la realidad. También podemos comprobar que en aquellos puntos o temas en los que su visión está distorsionada es muy difícil rebatirles.

Habitualmente son personas que las podríamos calificar de razonables y lógicas, con buena habilidad verbal, elocuentes y capaces de convencer con los argumentos. Suelen exponer la idea que muestra su distorsión con mucha coherencia y de forma muy sólida.

La conspiranoia

En los casos más extremos podemos encontrarnos con los que denominamos conspiranoicos. Estas personas tienen una convicción obsesiva sobre determinados temas o acontecimientos de relevancia que atribuyen al resultado de la conspiración de algún grupo de poder.

El pensamiento conspiranoico es un modelo de interpretación de la realidad que se caracteriza por atribuir a un grupo de personas la voluntad de producir un acontecimiento o serie de acontecimientos con la intención de lograr sus objetivos.

Este tipo de pensamiento tiende a identificar cualquier hecho como una confirmación irrefutable de la teoría a que hace referencia. Además, gran parte de sus postulados son indemostrables.

Quién cree en algún tipo de teoría conspiranoica también tiende a creer en otras teorías conspiranoicas. De hecho, esta característica sugiere que este tipo de pensamiento puede estar asociado a algún rasgo de la personalidad que podría predisponer a adoptar este tipo de explicaciones de la realidad.

Mientras que la mayoría, conforme vamos adquiriendo nuevos conocimientos y experiencias, moderamos nuestras convicciones y creencias para adaptarnos mejor a la realidad, la persona conspiranoica va incluyendo estos conocimientos y experiencias a una idea previa. Piensa que nada sucede al azar, que todo está conectado, y así va construyendo los argumentos que sustentan su verdad absoluta.

Argumentos que suelen ser muy coherentes, lógicos y muy sistematizados, incluso aportando pruebas y datos, haciendo que en principio parezcan irrefutables. Pero al mismo tiempo, si nos fijamos mejor, podemos ver que contienen elementos claramente interpretativos de la realidad que buscan confirmar constantemente su teoría distorsionada.

Estas personas, sin saberlo, practican el sesgo de confirmación, que es el que se produce cuando se prioriza toda la información que puede reforzar nuestro sistema de creencias y no se tienen en cuenta las que podrían cuestionarla.

También muestran una tendencia a querer convencer a todo el mundo de que se encuentran equivocados y que tienen que empezar a creer en la verdad absoluta que ellos plantean. Y lo hacen utilizando siempre los mismos argumentos aparentemente irrefutables y sin fisuras.

Parece que se esfuercen en negar la interpretación de la realidad que hace la mayoría, a la vez que parece como si necesitaran que más personas piensen igual que ellos. Es por eso que focalizan sus relaciones sociales al círculo de personas que piensan como ellos, formando colectivos donde relacionarse y sentirse más acompañados en sus creencias.

Los medios modernos de acceso a la información a través de internet, a menudo mediante las redes sociales, facilitan que actualmente las teorías conspiranoicas se difundan con mucha facilidad y hayan crecido exponencialmente en los últimos años. Ahora es mucho más fácil encontrar ideas que hablen de conspiraciones, explicaciones que la justifiquen y también otras personas que piensan igual.

Con las redes social se produce el fenómeno llamado espejismo de la mayoría. Se puede tener la falsa sensación que hay mucha más gente que piensa igual que nosotros, puesto que las interacciones que se hacen con otras personas suelen llevar a personas que piensan igual.

No es extraño que después de un tiempo algunas de estas personas puedan radicalizarse, adoptando una postura cada vez más radical y rígida. Con el continuado efecto del sesgo de confirmación se va profundizando más y más en una disociación cognitiva como una forma más desconectada de ver la realidad. Cuando esto pasa, es difícil que la persona pueda salir por sí mismo, puesto que todo el que se le explique contrario a sus creencias formará parte de la conspiración.

Sergi Palma

Psicólogo Col. Núm. 10621

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